La gran lección que el hombre no entiende

A propósito del desastre de Japón se nos ocurre pensar que el hombre de nuevo entabla batallas contra nuestra hermosa naturaleza. Hace milenios cuando el hombre era del tamaño de una ardilla, era gobernado y dirigido por los elementos naturales. No pasaba nada. Fue creciendo y haciéndose cada vez más alto y más guapo hasta llegar a nuestros días. A través de todos los siglos entablaba esas batallas con otros hombres, pueblos contra pueblos, lugares contra lugares… hasta convertirse como él se llama a sí mismo, el Homo Sapiens. De forma absurda pensó en transformar los elementos naturales basado en su poder. Surgen entonces los napoleones y los hitlers queriendo hacerse dueños y señores también de su entorno, transformándolo a su antojo, sin darse cuenta que el enemigo al que se enfrentaba era omnipotente y la batalla iba a ser siempre perdida por esa ardilla que ahora ya no lo era tanto: había crecido.

No nos damos cuenta que no es lo mismo pelear con nuestros semejantes que pelear con ese gigante Goliat, que es el mundo, ese hermoso barco donde viajamos. Construye sistemas de producción y dicen algunos de bienestar que son estas centrales productoras de energía (más bien diríamos nosotros llenas de peligro) que pueden precisamente destruir a ese mismo hombre, tal vez por intereses económicos de sectores minoritarios que dirigen el poder sobre la tierra.

¿Sabe el hombre que en todas las batallas siempre vence la muerte? Es por tanto necesario que pensemos en que para hacer un mundo mejor debemos alejar de nuestra vida todo lo que huela a contaminación y peligro. En resumen, debemos aprender una gran lección: el hombre, a pesar de sus peleas y batallas, nunca vence, ni siquiera al sueño.

¿Qué le debemos nosotros a nuestra comunidad científica, que suponemos que todo esto lo sabe? ¿Son los científicos tal vez (no lo sabemos) culpables de la ciencia desbocada?

Nuestros antepasados iluminando sus casas con velas y candiles ¿llevaban a la humanidad a algún peligro? Creemos que no. El bienestar social que nos proponen puede llegar a destruir al hombre.

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